COLMILLO
Por: Alvin (Diego Mejía Eguiluz)
Lo peor de todo es que, indirectamente, yo provoqué todo esto.
Nunca pensé que mi compadre me haría caso. Estábamos cotorreando mientras bebíamos unas cervezas, le hice un chiste y se lo tomó en serio. Eso es lo único que tengo de culpa; el resto es responsabilidad suya. Además, éramos un par de adolescentes babosos; ni siquiera teníamos quince años.
–A ver, Luis, está bien que quieras ser luchador –le dije–. Eres fuerte, tienes buena condición física y estás tomando clases con sepa Dios quién, ¿pero llamarte así?
–¿Qué tiene? La canción me gusta mucho y quiero ponerme así en su honor –argumentó él.
–No manches, ¿vas a ser exótico? Entiéndelo, nadie va a respetar a alguien que se llame Corazón disléxico.
–Suena bien.
–¿Y si te contratan para hacer una película? Imagínate, Corazón disléxico contra los hombres lobo lampiños. La gente no se la va a creer.
–No había pensado en eso. Ser luchador y filmar una película. ’Uta, sería lo mejor que pudiera pasarme. Me haría famoso para siempre.
“En la madre, desperté a la bestia.”
De eso ya pasaron veinte años y no me ha perdonado. Eso es un rencor y no pendejadas. A pesar de todo, aún somos amigos, pero cada que tiene chance me reclama el haberle infundido esos “malos pensamientos”.

–Luchadores, prepárense: aquí viene Corazón babotas –bromee el día que me enseñó su licencia de luchador profesional.
–No seas payaso, eso fue hace cinco años. Ahora que tengo mi licencia, debo diseñar un buen traje para el nombre que voy a usar: Colmillo.
–¿Te vas a disfrazar de muela?
–Síguele y no te invito a mi debut.
–Bueno, entonces te vistes de diente de leche. Si no te va bien, vendes tu imagen a algún consultorio dental… Ay, güey, el tirabuzón sí duele. Ya suéltame, cabrón.
Después de eso, no volvió a decirme nada al respecto. Hasta el día en que debutó conocí su atuendo, y vaya si me sorprendió. Su personaje era un lobo y, en honor a la verdad, daba bastante miedo. Claro que no fue sino hasta año y medio después de su presentación que se dio cuenta de que con ese nombre y esa imagen debía ser rudo.
Una vez que dejó a los técnicos, su carrera despegó. No llegó a figurar en las estelares, pero sí era común verlo en los combates semifinales. Cada que subía al ring, en vez de pedir aplausos, solicitaba aullidos, que sus aficionados gustosos le brindaban. Era desesperante ir a verlo luchar, pues tardaba hasta una hora en salir después de la función por tantos autógrafos que le solicitaban.
El día de su cumpleaños, mi familia y yo lo invitamos a cenar y recordamos nuestros días de escuela; ahí fue donde la regué:
–¿Te acuerdas de la pendejada esa de hacer una película?
–Sí es cierto. Yo creo que ya es hora de que Colmillo se haga más famoso.
“En la madre, resucité a la bestia.”
Para colmo, mi mamá le dijo, en son de broma:
–Pues entonces no podrás quitarte la máscara nunca; se te acabaría la fama.
Él no dijo nada. Sólo asintió.
–Luis, quítate la máscara. No nos van a dejar entrar al restaurante.
–Por favor, cuando estemos en la calle llámame Colmillo; me vas a delatar.
Por supuesto, no sólo no nos dejaban entrar en casi ningún lado (excepto en los estadios deportivos, donde siempre aparecía en la pantalla de éstos), sino que nadie lo reconocía. Sólo una pareja de suecos le tomó una foto en Coyoacán, para llevarse “parte del folclor mexicano”.
Una mañana de sábado, el muy desgraciado me habló a las siete de la mañana.
–Quiero que tú escribas el guión.
–¿Quién habla?
–No te hagas, soy yo: Colmillo.
–Quítate la máscara para hablar por teléfono. No te reconocí.
–Tons qué, ¿te animas a escribir la película?
–No. Soy contador, no guionista.
–¿Y no conoces a nadie que pueda escribirla?
–Olvídalo, nunca he visto una película en la que los luchadores no hagan el ridículo. No te conviene.
Una semana después, logró ganar el campeonato de peso medio del Estado de México. La primera caída fue para él con una tapatía (yo estaba viendo a una güera sentada a mi izquierda); la segunda la ganó su rival al aplicarle un pulpo. La tercera caída fue algo larga y se la adjudicó con un volantín. Cuando fui a verlo a los vestidores para felicitarlo, me enseñó una credencial de una academia de actuación.
–Yo no voy a hacer el ridículo en el cine. El martes empiezo a tomar mis clases.
Por suerte la escuela era estricta y no le permitieron asistir enmascarado.
Las primeras semanas no tuvo problemas para combinar los estudios con la lucha. Cuando se presentó ante su grupo, el primer día, presumió a todos sus compañeros y maestros que era el famoso Colmillo (a excepción de un chavo, nadie supo de qué hablaba). Por obvias razones, era el mejor de su grupo en Expresión corporal. Sus problemas venían cuando le tocaban las demás clases.
–Luis, ya te dije que Stanislavsky no fue el primer luchador ruso que vino a México.
–Nunca pensé que fuera tan complicado ser actor. Y esta obra que me hicieron leer está de güeva. Mujeres haciendo ayuno de sexo para terminar con la guerra, ¿quién se va a creer eso? Ojalá y pueda conocer al autor de esta jalada para darle dos que tres lecciones de cómo escribir algo creíble.
Al tercer mes todo se complicó:
–Señor, no podemos detener las clases hasta que regrese de su gira.
–Nomás son dos semanas, no va a pasar nada.
–Si cree que la actuación es para tomarse a la ligera, está muy equivocado.
–Bueno, entonces déjeme faltar esta quincena. Las clases son a diario y no tengo fechas libres en la gira.
–Un actor sólo puede faltar si tiene certificado de defunción.
–Pero si no voy a luchar, no tendré dinero para pagar la colegiatura.
–Ése es su problema.
Por suerte para él, la gira era en el centro de la república y las clases eran en la mañana, por lo que, apenas terminaba de luchar, tomaba un autobús al D.F. para llegar a las siete de la mañana a la estación e ir a la escuela. Al terminar las clases, abordaba otro camión para llegar a tiempo a la arena donde le tocaba presentarse.
Como podrán imaginar, semejante ritmo le afectó y no ganó uno solo de sus encuentros; incluso fue derrotado en varias ocasiones en dos caídas al hilo. El muy bruto, sin embargo, pensó que la gente seguía apoyándolo pues confundía los abucheos con el aullido que siempre pedía.
Al término de la gira, fue citado por la Comisión de box y lucha, donde le hicieron una “invitación” para que no descuidara su preparación física ni su rendimiento pues peligraba su integridad y la de sus colegas. Para colmo, dos días después perdió el campeonato en un combate bastante malo.
–Compadre –me dijo mientras cenábamos–, no sé qué hacer.
–Deja una de las dos cosas. No tienes la disciplina necesaria para combinarlas.
–Pero me gusta la actuación; y si no lucho, no como.
–Puedes retomar las clases en cualquier momento, o contratar un maestro particular. Pero no puedes seguir así. Ya te tumbaron el cinturón, y a este paso te dejan sin máscara y ahí sí, adiós lucha y adiós cine.
No dijo nada más el resto de la noche.
–Compadre, tienes que venir a la casa. Es urgente.
–¿Qué pasa, Luis?
–Tú ven, aquí te explico –y colgó.
Cuando llegué, me di cuenta de que se trataba de algo insignificante:
–Te presento a Horacio. Me escribió un guión y está muy chido.
–¿Para esto me apuré?
–Escucha la historia; va a ser un hitazo.
Su amigo Horacio comenzó a leer el guión de Colmillo contra las hormigas gigantes. Tres horas después, terminó el suplicio y yo no podía dejar de llorar.
–¿Verdad que es conmovedora? Este chavo es un genio, conoce todas las películas de lucha libre de memoria. Y escribe rápido, la empezó ayer en la mañana y la terminó a las once de la noche. Con esto me cae que nos vamos a hacer famosos. Horacio como director, y tú y yo como actores.
–¿Yo?
–Claro, ¿quién mejor que tú para interpretar al amigo tonto que Colmillo tiene que salvar porque las hormigas gigantes lo secuestraron para hacerlo vender alpiste en la esquina del periférico?
–No mames, ni muerto participo en esa pendejada… Lo que tienes que hacer es retomar tu carrera de luchador. Nadie va a invertir en la filmación si Colmillo no vuelve a ser popular.
–Ya aprendí lo que debía en la escuela. Sólo espero a que acabe el mes y me dedico de lleno a la lucha.
“Mmmta, apenas estamos a seis de marzo”, pensé.
No fue necesario que llegara el día treinta; ni siquiera el catorce. A los dos días, uno de los maestros lo regañó por su nulo avance en las clases de Producción de la voz.
–Señor Luis, usted dice en el mismo tono que se ganó la lotería o que se murió su hijo.
–Perdóneme, profesor, pero no estoy de acuerdo con usted. Si algo sé manejar, aparte de mi cuerpo, es la voz. Debería oírme en la arena cuando reto a mis rivales a un mano a mano.
–Si habla igual que aquí en el ring, no la va a hacer ni como vendedor de cervezas.
Sus compañeros rieron. El profesor continuó:
–Y también continúan sus problemas de volumen. Parece actor de primera fila: en la segunda ya nadie lo oye.
En esta ocasión nadie rió, más bien intentaron convencer a Luis de que soltara al maestro, pues estaba a punto de aplicarle un martinete. Horacio lo logró. Por supuesto, una hora después fue expulsado de la escuela.
Al día siguiente me contó todo por teléfono.
–¿Entonces ya no me van a secuestrar las hormigotas?
–Eso sigue en pie. Ni Horacio ni yo nos hemos rajado. Te vemos después de la función, queremos enseñarte los diseños que hice para el vestuario de las hormigas.
–Hoy no puedo, tengo mucho trabajo.
–Llega como a las once. Al fin y al cabo voy en la semifinal. Espéranos en los pozoles de enfrente de la arena.
Mi celular sonó dos horas después. Era él:
–Acabo de salir de la Comisión: me quitaron la licencia de luchador.
–A ver, mano, ¿qué esperabas? –le pregunté al día siguiente–. Si descuidas tus entrenamientos de esa manera, es lógico que pase esto.
–Se acabó todo. Sin mi carrera como luchador, nadie iría a ver la película. ¿Y ahora qué voy a hacer?
–¿A poco te vas a rendir tan fácil?
–No sé hacer otra cosa. No acabé la universidad.
–Algo saldrá, ya verás.
–Mira, éstas iban a ser las hormigas gigantes.
–Ay, cabrón. Avisa que me vas a enseñar eso, casi me da un infarto.
–Asustan, ¿verdad?
Afortunadamente, Luis no era tan tonto como parecía. Trabajó durante un mes en algunas ideas que tenía, las dibujó y visitó a sus ex compañeros para ofrecerles sus servicios como diseñador de imagen.
En menos de un año, varios de los elementos que debutaron lo hicieron con sus creaciones y todos tuvieron éxito. Incluso hubo luchadores veteranos que se le acercaron para que les cambiara la apariencia. Pronto tuvo lo suficiente para comprar dos departamentos, los cuales renta (“así siempre tengo una lana segura”, explicó).
Y tampoco se quedó con las ganas de actuar. Gracias a Horacio conoció a un director de televisión que le permitió trabajar con él.
Ahora, además de crear luchadores, es doble de acción en telenovelas.
